Aniversario. La asombrosa vida de Auguste Renoir: De usar cartones como lienzos a convertirse en una figura central del impresionismo francés

De niño, jugaba con sus amigos al “poliladron” en los patios del Louvre. Pero su espíritu sensible y su prematuro genio artístico lo impulsaban a colarse en las galerías para quedarse horas observando, extasiado, la armonía de las formas, los detalles y las sutilezas de cada pieza que allí veía. Tanto ansiaba pintar esa belleza descomunal que albergaba el palacio, ya convertido en museo, que –a fuerza de puro talento y convicción- un día consiguió un permiso para copiarlas. Como en una fábula, la vida del prodigioso pintor impresionista francés Pierre-Auguste Renoir, más conocido como Auguste Renoir o Renoir a secas -que nació hace 180 años, el 25 de febrero de 1841 en Limoges, Francia- es una de esas historias de vocación a prueba de todo que enseñan a perseverar y triunfar.

De todos los impresionistas, Renoir –que a lo largo de su vida produjo cerca de cuatro mil obras- es sin duda el pintor de la belleza y la armonía por excelencia. A pesar de sus orígenes humildes, sus pinturas reflejan una visión alegre y optimista de la vida. Si pinta trabajadores, ellos sonríen. Hay algo de inocencia y elegancia en sus retratos y sus desnudos –que hacen recordar a los de Rubens (1577–1640)- son de un refinamiento y una exaltación supremos. Según los expertos, aquella camada de pintores impresionistas que integraba Renoir — junto con Manet, Monet, Sisley, Degas- con sus paisajes apacibles y sus escenas costumbristas, mostró al mundo la sutileza de los matices a través de un uso inédito de la luz y los colores vibrantes que, de alguna manera, marcaron un nuevo rumbo en la historia del arte.

Hijo de padre sastre y madre costurera, los apremios económicos condicionaron buena parte de su existencia. Como no podían comprarle pinturas, el pequeño Auguste dibujaba sobre las paredes de su casa con pedazos de carbón. Tenía 13 años cuando abandonó la escuela para sumarse a un taller de pintura en porcelana, al que lo mandaban para que aprendiera el oficio y, muy pronto, comenzaron a asignarle trabajos para experimentados. A la noche, se lo veía acudir a un curso gratuito de dibujo, detrás de cartones más altos que él, que –a falta de lienzos- usaba para plasmar sus mociones artísticas. Tanto destacaba la destreza de su pincel que un buen día un compañero de trabajo llamado Émile Laporte, que pintaba como hobbie, compartió con él sus telas y sus pinturas y Auguste Renoir pintó su primer cuadro. Laporte quedó maravillado y fue a ver a sus padres para recomendarles vivamente que lo inscribieran en un curso de pintura artística. El chico prometía.

Pintando abanicos, escudos heráldicos y hasta persianas de papel traslúcido, Auguste Renoir juntó dinero para sus estudios. Compró óleos y en 1861 empezó a practicar en el Louvre, con un permiso especial cuyo documento aún se conserva en los archivos del museo. Al año siguiente logró entrar a la Escuela de Bellas Artes, donde conoció a su profesor y mentor Charles Gleyre, con quien también tomó clases particulares y a sus amigos de toda la vida, con los que solía ir a pintar al aire libre a los bosques de Fontainebleau: Claude Monet, Alfred Sisley y Frédéric Bazille, que murió años más tarde, en la guerra franco prusiana (1870–1871).

Por aquel entonces y hasta 1890, la Academia de Bellas Artes de París abría todos los años o cada dos años una exposición oficial que era el evento artístico más importante del mundo: se llamaba El Salón de París. Participar en esa exposición era la meca de cualquier artista que se preciara de tal. Ocurre que, en 1863, Napoleón III decide abrir un salón paralelo al que llamó El Salón de los Rechazados, donde se exponían, justamente, todas las obras que no habían sido aceptadas en la muestra oficial.

En este Salón de los Rechazados, entró Almuerzo sobre la hierba una obra del pintor Édouard Manet que era una gran influencia para Renoir y sus amigos impresionistas. Este fue muy importante porque, a partir de allí, la crítica empezó a mirar la obra de los artistas modernos con otros ojos.

De todas formas, Renoir ambicionaba entrar al Salón Oficial y lo intentó varias veces chocándose siempre con estrepitosos fracasos que lo llevaban, eso sí, al inefable Salón de los Rechazados. Fue después de numerosos traspiés que Renoir y sus amigos decidieron unirse en una exposición independiente y empezaron a convocar a colegas para sumar voluntades. Así nace la primera exposición de los Impresionistas, que cosechó burlas y desprecio por parte de la crítica pero que, sin embargo, logró captar la atención del gran público. Aunque vendieron poco y nada, se los empezaba a conocer. En esta primera exposición, Renoir exhibió La bailarina, La parisina (o La dama de azul), y El palco ―también llamado El proscenio― entre otras obras que llamaron la atención del público.

Poco a poco las sucesivas exposiciones de los impresionistas iban cobrando cierta relevancia. En la séptima temporada, Renoir llegó a exhibir unos 25 lienzos que pudo vender bien.

Durante la década de 1880, Renoir por fin alcanzó el éxito. Trabajó por encargo para la alta sociedad, entre sus clientes importantes estaba la propietaria de los Grandes Almacenes del Louvre. Sus pinturas se exhibieron en Londres, Bruselas y en la Séptima Exposición Internacional de Georges Petit (1886). Este éxito le vino de maravillas porque a esta altura, Auguste Renoir ya estaba casado y con un hijo, (Pierre, que motivó la pintura Maternidad). En 1894 nació su segundo hijo, el conocido actor y cineasta Jean Renoir y, en 1901, su tercer hijo Claude. Los tres niños fueron modelos vivos de su padre.

Aline, la esposa de Renoir murió en 1915 y sus hijos Pierre y Jean resultaron gravemente heridos durante la Primera Guerra Mundial, pero sobrevivieron. Dicen que el 3 de diciembre de 1919, Auguste Renoir pidió en su lecho de muerte un lienzo y pinceles para pintar el ramo de flores que estaba en el alféizar de la ventana. Cuando finalizó la obra, le habría dicho a la enfermera que lo asistía: “Creo que estoy empezando a entender algo al respecto”.

Algunas frases célebres de Auguste Renoir

· Para mí, un cuadro debe ser algo amable, alegre y hermoso, sí, hermoso. Ya hay demasiadas cosas desagradables en la vida como para que nos inventemos más.

· Pinto con alegría, con la misma alegría que usted hace el amor con una mujer.

· Una mañana, uno de nosotros se quedó sin el negro, y fue el nacimiento del impresionismo.

· “Un artista debe tener confianza en sí mismo, y sólo escuchar a su maestro: la naturaleza”.

· “La arquitectura moderna es, en términos generales, el enemigo más grande del arte”.

· Necesito sentir la emoción de la vida, la agitación alrededor de mí.

· No hablas de pinturas, te ves en ellas.

· Voy a decirles lo que creo que son las dos cualidades de una obra de arte… En primer lugar, debe ser indescriptible, y en segundo lugar, debe ser irrepetible.

· Me gusta una pintura que me hace querer pasear en ella.

· El dolor pasa, pero la belleza permanece

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